Segunda parte

Al crecer en un país profundamente turístico, asumí que la calidez hacia los viajeros era algo más o menos universal. Pensaba que, al menos en las zonas visitadas por extranjeros, las personas del resto del mundo se comportarían de forma similar. Y al final, todas las ciudades tienen áreas complicadas, ¿no?

Mi cercanía con Estados Unidos reforzó esa idea. Lo había visitado en varias ocasiones y, aunque la calidez es distinta, siempre recibí buenas atenciones. Lo atribuía a que es un país acostumbrado a ser anfitrión desde otra posición: del que suelen ser los turistas más que de recibirlos.

Con esa lógica decidí viajar a Perú… y ahí comenzó el baño de realidad.

Aunque compartimos el idioma, el significado del vocabulario, las expresiones y las formas era distinto. A eso se sumaron diferencias en costumbres, hábitos e incluso en la percepción de la higiene. Fue incómodo al principio, pero necesario. Entendí que viajar no era solo adaptarse a paisajes nuevos, sino fortalecer mi carácter para volverme más flexible.

Después vinieron más países y, con ellos, más contrastes. Las experiencias no se repetían; se acumulaban. Fue entonces cuando entendí algo clave: no existe una receta mágica de comportamiento para navegar el mundo. Cada cultura opera bajo códigos propios y pretender lo contrario es ingenuo.

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Lo que había comenzado como un viaje al pasado —a los lugares icónicos que alimentaban mi afición por la historia— se transformó en una inmersión total en la cultura viva. Dejé de observar solo monumentos para interesarme por la gente, su presente, sus rutinas y sus tensiones. Eso ocurrió en todos los continentes que visité.

Hay muy pocos países cuya calidez no le pide nada a la mexicana. Y hubo una ciudad que, para mí, merece una mención especial: Ámsterdam. No por idealizarla, sino por el equilibrio particular entre apertura, convivencia y respeto que experimenté ahí.

También conocí lugares marcados por conflictos profundos y culturas radicalmente distintas. En algunos, nadie me pidió que fuera, así que no tendría sentido reclamar. Pero esas experiencias, incluso las más ásperas, también formaron parte del aprendizaje.

Después de ver de primera mano la realidad contemporánea de tantos países, mi necesidad de dejar testimonio se volvió más fuerte. Había conocido las leyendas del mundo a través de libros e internet, pero ahora estaba frente a la historia viva, esa que se escribe todos los días y que se mezcla en folclores únicos en cada región.

Así nació la determinación definitiva de escribir una novela que transmita esa visión. No solo como observador, sino como filtro emocional de lo que logré percibir en mi alma. Ojalá ese relato sea fuente de comprensión para quien lo lea. Que se reciba con la humildad con la que fue escrito y que acompañe, aunque sea un poco, al crecimiento personal y espiritual de quien se cruce con él.

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