Tercera parte

Y así, quedaba un solo obstáculo antes de sentarme al teclado. Un obstáculo que disfruté y sufrí con el mismo gusto: mi excusa de seguir viajando.
Pero toda excusa tiene fecha de caducidad.

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Entendí —en muchos sentidos— que cuando no hay crecimiento, lo que sigue no es el estancamiento, sino una destrucción prolongada del capullo, hasta que la mariposa decide asomar las alas. Y ese tiempo de espera depende solo de uno mismo. Mi propia destrucción, como la de casi cualquier persona, fue consecuencia de mis decisiones; pero el desenlace vino de fuera, de la reacción inevitable del universo ante la acción… y la inacción.

El punto de quiebre llegó con un accidente durante una excursión en el Arco del Tiempo, en Chiapas. Si el nombre es casualidad, yo apuesto a que no.

Aquí una imagen prestada de www.sie7edechiapas.com 👉

Éramos el primer o segundo grupo turístico en recorrer ese sitio por allá de diciembre del 2015, guiados por espeleólogos expertos que acababan de publicar sus investigaciones sobre sus recorridos por el sitio apenas unos meses atrás. Tras varios días avanzando por el cañón, llegamos finalmente al Arco del Tiempo de noche. Lo que no sabíamos era que río arriba había llovido con fuerza. La consecuencia: nos encontrábamos atrapados en un cañón de paredes completamente verticales, de decenas de metros de altura, con la expectativa de salir al día siguiente mediante una cuerda de escalada que otro guía llevaría hasta entonces… mientras el río crecía con rapidez hasta convertirse en una corriente clase VI, propia del rafting mortal.

Mi prometida, con experiencia en cañonismo y escalada, preguntó al tomar el río cuáles eran los riesgos y qué hacer en caso de emergencia. El guía enumeró los peligros en orden ascendente y, al llegar al último, describió exactamente la situación que nos tocaría vivir. Pero no dio instrucciones.

Ella insistió. El guía, visiblemente incómodo —como si nombrarlo fuera invocar la mala suerte— respondió con resistencia en la voz:
“Pues nada… ahí te quedas.”
Luego, tras una breve pausa, explicó que la instrucción teórica en un caso así era abrazar las piernas en posición fetal, evitando que alguna extremidad quedara atrapada, con la esperanza de no ahogarse.

Aquella noche nadie durmió.

Permanecimos sujetos a una cuerda, esperando el amanecer para intentar seguir el río hasta una playa de piedras ubicada más adelante del Arco del Tiempo. Al clarear, subimos a balsas individuales y tratamos de alcanzarla. La mayoría lo logró.

Mi prometida, más pequeña y ligera, no tuvo oportunidad. La corriente la arrastró con más fuerza que al resto. Intenté detenerla: me sujeté a una roca con una mano y con la otra tomé su balsa. La fuerza del agua, infinitamente superior a la mía, nos arrastró a ambos hacia el lecho del río, a través de túneles formados por derrumbes que habían dado origen a esa misma playa de piedras.

Las probabilidades de salir eran prácticamente nulas. Nada garantizaba que hubiera espacio suficiente para que pasara una persona entre aquellos tuneles.

Estuve bajo el agua —a mi percepción— más de tres minutos. No había posibilidad de reacción; los músculos no respondían ante semejante fuerza. En el instante en que sentí el verdadero poder de la naturaleza, la resignación fue inmediata. Entendí que no iba a salir de ahí.

La calma llegó forzada… pero también devota.

Cuando las corrientes más violentas cedieron, logré adoptar la posición fetal con enorme esfuerzo, aunque seguía atrapado en la oscuridad. Una oscuridad que sentí como una transición. Mis pensamientos volvieron a fluir. Me sentí profundamente agradecido. Di gracias a Dios por una vida tan plena, tan intensa, por todo lo vivido y, lo no vivido.

Mis reflexiones giraban en círculos,
y fue entonces cuando lo sentí…

(Dale un vistazo al video blog de Lilian Mercer inspirado en estos viajes). 👉