Cuarta parte
Ahí estaba yo, hundido varios metros bajo la superficie del río, arrastrado por una corriente mortal de rafting nivel VI, golpeado contra rocas dentro de túneles subacuáticos y subterráneos, hasta salir disparado aun sumergido como si se hubiese tratado de una coladera natural.
Y entonces surgieron los milagros.
En aquellas aguas frías comencé a sentir calidez. Justo en ese punto de renuncia total, de abandono, de entrega absoluta a la nada —o al universo después de la muerte— sentí luz frente a mí. Sí, la sentí… y luego la vi.
Una luz cálida que emanaba entre aguas negras que descendían limpiando el cañón desde kilómetros río arriba. Todo esto mientras el día seguía nublado, lluvioso, y yo avanzaba de frente al lecho del río, a merced de una fuerza que no negociaba.
Entonces sentí una mano.
Me sujetó con fuerza del cuello y sacó mi cabeza al exterior. No hubo tiempo de observar la devastación que horas antes había sido un paisaje paradisíaco. Mi única urgencia fue nadar hacia la orilla, mientras el río embravecido me escupía hacia adelante.
Finalmente lo logré.
Escalé como pude hasta una repisa de apenas cinco centímetros, adhiriendo mi cuerpo a una pared de piedra afilada, en donde los derrumbes eran frecuentes ,cosa que en ese momento, preferí no analizar. Me quedé ahí, respirando, temblando, vivo.
Grité.
Esperé respuesta.
Pero el ruido del río era ensordecedor. Apenas me escuchaba a mí mismo, como si estuviera frente a cataratas perpetuas.
La desesperación llegó de golpe. Asumí que mi prometida se había ahogado. Y que yo, quizá, solo estaba prolongando un desenlace inevitable con chispazos inútiles de esperanza. Por un instante me vi enfrentando a su familia, sin palabras, cargando un peso imposible de explicar. Ese pensamiento se convirtió en uno de mis mayores terrores.
Entonces algo se acomodó dentro de mí.
Si ya había ocurrido un milagro —que fue salir de aquel laberinto subterráneo— no tenía sentido rendirme ahora. Así que, tras varios minutos que sentí como una eternidad, comencé a analizar la situación.
Estaba cubierto apenas por una camiseta de manta, descalzo, empapado. Tenía frío, en un día frío. Siendo de una ciudad calurosa y estando fuera de forma. Nada jugaba a mi favor.
Me giré con mucha torpeza y gran riesgo, y logré apoyarme de espaldas contra la pared. No iba a salir de ahí pronto. Mi única alternativa parecía ser esperar a que dejara de llover, a que el río se volviera, si no navegable, al menos que me permitiera nadar. Pero recordé lo que los guías habían dicho: en esa jungla las lluvias pueden durar semanas.
Quedarme ahí no era opción.
Analicé el entorno lo mejor que pude. Volver por donde había venido era imposible; nadie nada contra una fuerza así. Observé el río por si alguien emergía cerca de la superficie, pero el agua era demasiado turbia, casi como lodo oscuro. Grité una y otra vez: el nombre de mi prometida, el de mis compañeros, cualquier cosa que pudiera romper el ruido… pero el río no cedía.
En algún momento creí ver una sombra bajo la superficie. Nunca sabré si fue real.
Entonces miré hacia adelante.
A unos cien metros distinguí una playa de hierba y una repisa amplia de roca de varios metros, justo antes de que el río girara hacia la izquierda, hacia lo desconocido. Ese punto se convirtió en mi única posibilidad, dejando de lado que no lo logrará y las terroríficas posibilidades.
Habían pasado, a mi percepción, veinte o treinta minutos. Me sentía lo suficientemente fuerte para intentarlo. Pero las corrientes subacuáticas seguían siendo mortales, y nada garantizaba que las corrientes superficiales me permitieran llegar.
Aun así…
salté.
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