Quinta parte

Una vez dentro del río. Intenté mantenerme lo más cerca posible de la orilla. Lo que parecían cien metros se convirtieron en apenas diez en cuestión de segundos, metros devorados por la velocidad vertiginosa del río. Justo entonces sentí cómo la corriente intentaba arrancarme hacia el centro, pero ya era demasiado tarde para sus deseos asesinos: me encontraba a poco más de un metro de la roca. Nadé con todas mis fuerzas hacia la repisa y la abracé con ambos brazos.

La corriente tiraba de mis piernas, empeñada en devolverme al agua, pero logré jalar mi cuerpo hacia afuera, apoyando los muslos contra la piedra helada y filosa. Todo valió la pena. Ahora estaba a salvo, al menos medio metro por encima del nivel del río, con la certeza de que, si el caudal aumentaba, aún podría intentar subir más.

Comencé a avanzar entre la maleza que crecía sobre aquella repisa de piedra. Sentía cómo la hierba me arañaba la piel raspada y ensangrentada, pero el alivio era tan grande que apenas le presté atención a todo eso. Recorrí la plataforma hasta que la pared giró hacia la izquierda… y entonces vi el final. El cañón continuaba, pero la repisa desaparecía. Las aguas que seguían eran aún más violentas, y al verlas comprendí que cualquier esperanza de que mi prometida hubiera sobrevivido se desvanecía lentamente. Lo que venía más adelante era peor, y no había forma humana de que yo pudiera haber recibido más milagros dentro del agua hasta la siguiente curva, a unos cien metros de distancia.

En la esquina donde el cañón giraba encontré una pequeña caverna. Al fondo del recoveco había una grieta que ascendía varios metros y por la que se filtraba luz. Calculé que la pared del cañón de mi lado tenía unos cincuenta metros de altura; la de enfrente, quizá veinticinco. Ambas eran prácticamente lisas, imposibles de escalar. Probablemente no eran más de las ocho de la mañana.

El día avanzó sin piedad. No tenía comida. Llevaba con diarrea desde el día anterior y mi última ingesta había sido al menos doce horas antes. Me sentía débil, destrozado, frustrado. Apenas unas horas atrás estaba asustado; ahora sentía que mi vida entera se había derrumbado. Así pasaron las horas: gritando a ratos, lamentándome casi siempre, llorando hasta quedarme sin lágrimas.

El terror más profundo no era la muerte, sino la posibilidad de sobrevivir y tener que mirar a los ojos a la familia de mi prometida para explicar lo inexplicable. Mis gritos iban dirigidos principalmente a ella, con la absurda esperanza de que hubiera salido del río cerca de mí. También gritaba por ayuda, a mis compañeros, al vacío.

La lluvia no cesó en ningún momento.

Mi malestar empeoró conforme avanzaba el día. Intenté dormir sobre la repisa, pero el miedo a que el nivel del agua subiera me mantuvo en alerta constante. Volví a la grieta y la escalé un poco. Tenía el ancho de un adulto acostado y, tras subir unos metros, encontré una pequeña repisa cubierta de bultos filosos de piedra. No era cómoda, apenas cabía recostado de lado, pero el miedo transformó ese lugar en refugio. Estaba a unos cuatro metros por encima del nivel del agua, lo suficiente para sentir algo parecido a seguridad… aunque después de todo lo vivido, ya no confiaba en nada.

Me dormí. O al menos eso creí. Desperté horas después con fiebre y una gotera cayendo cerca de mi cabeza. Mi lógica, reducida a la supervivencia básica, me llevó a hidratarme con aquella agua de origen desconocido. Bajé nuevamente a la repisa inferior y grité una vez más, repitiendo el ritual de desesperación.

Así, entre gritos, lluvia y miedo, pasaron las horas y llegó la noche.


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