Séptima parte
Durante el trayecto en helicóptero, tanto el rescatista como el piloto me contaron que habían visto nuestras pertenencias dispersas a lo largo del río. También habían localizado a un par de grupos de personas, todos con vida. Sin embargo, no descartaban la posibilidad de que hubiera ahogados.
Entonces dijeron algo que me dejó suspendido entre la esperanza y el miedo: habían visto a mi prometida. No pudieron subirla porque se encontraba en una sección aún más angosta del cañón. Intentaron descender, pero la turbulencia los obligó a retirarse. Me aseguraron que regresarían por ella si el clima mejoraba.
No quería creerlo. No quería ilusionarme en falso. Pregunté varias veces cómo era, si estaban seguros de que se trataba de ella. Me respondieron que le gritaron que volverían después.
Más tarde, el Procurador ordenó que me trasladaran a una clínica para atender la deshidratación y cualquier afección que pudiera haber adquirido. Su equipo logró contactar a mi hermana, con quien hablaba apenas una vez al año. Escuchar su voz fue suficiente para quebrarme otra vez.
Ella, a su vez, contactó a un conocido en la localidad para apoyarme si era necesario.
Horas después llegó la noticia que cambiaría todo: mi prometida venía en camino a la clínica. Estaba viva. Tenía hipotermia, pero estaba controlada.
Cuando la vi entrar en camilla por aquellos pasillos de la clínica estatal —donde éramos, paradójicamente, los menos graves— sentí un alivio imposible de describir. Nos miramos y preguntamos lo mismo al mismo tiempo:
—¿Estás bien?
—¿Estás complet@?
No nos permitieron interactuar más, pero ya me sentía la persona más afortunada del mundo… aunque con ese miedo residual de quien ha sobrevivido demasiado.
Esa noche me dieron de alta, pero no me permitieron quedarme en la clínica. Me llevaron a un albergue. Solo pude despedirme de mi prometida, quien permanecería en observación. Su historia —como podrán imaginar— fue aún más épica y milagrosa que la mía, pero será decisión suya compartirla algún día.
El albergue tenía colchonetas tipo tatami y regaderas compartidas con agua caliente. Las agradecí como si se tratara de un hotel boutique. No podía pedir nada más. Ahí, por primera vez en días, me sentí —y desde entonces me he sentido— la persona más rica del universo.
Al día siguiente nos informaron que el resto del grupo había sido rescatado y no necesitó atención médica ni psicológica. También dieron de alta a mi prometida y nos pidieron abandonar el estado lo antes posible para evitar prensa tergiversadora y politización maliciosa del accidente.
Aun así, nos quedamos una noche más. Necesitábamos bajar el ritmo. Fuimos a un restaurante, y yo me di el lujo de beber Electrolit de uva, lo que más había extrañado de alimento durante aquellos días de privación. Incluso algunos compañeros fueron al cine a ver Star Wars.
Y pensar que este accidente fue el cierre de un viaje de dos semanas por la península de Yucatán. Días antes habíamos visitado Belice y el Gran Agujero Azul. Pero esa historia quedará para otra ocasión.
Aprovecho este espacio para expresar mi más profundo agradecimiento al Gobierno del Estado de Chiapas y a sus cuerpos de seguridad: Protección Civil, Procuraduría de Justicia y Sector Salud. Mención especial al Procurador del Estado y al equipo del helicóptero, quienes llevaron su destreza al límite y arriesgaron sus vidas para rescatarnos. Todos ellos, de la administración 2015–2016, dispusieron sin titubeos todos los medios necesarios para nuestro rescate.
Para nosotros, también fueron ángeles. Tan grandes y milagrosos como los que aparecieron, una y otra vez, durante todo aquel siniestro.
P.D. No me cobraron absolutamente nada.
Por eso —y por todo lo demás— estaré eternamente agradecido a mis ángeles chiapanecos.
Dios los bendiga.
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