En algún punto de mi vida nació una inquietud difícil de ignorar: viajar para reconocer la historia allí donde realmente ocurrió. No solo leerla, sino caminarla. Para entonces ya había vivido lo suficiente como para poder moverme con libertad, y no pensaba desaprovecharlo.
Los sucesos —y las personas— se alinearon. Empecé a recorrer mi país con la seriedad de quien sabe que no está haciendo turismo, sino investigación vital. Soy originario de una ciudad grande, alejada de muchos de los escenarios donde ocurrieron los acontecimientos históricos más importantes. Así que tomé carretera en un Corolla 2004 al que le terminé metiendo más de 500,000 km, con una lógica muy simple:
un fin de semana exploraba mi ciudad, al siguiente los alrededores, y un par de veces al mes cruzaba a otros estados.
Ese ritmo fue afinando algo más profundo.
Fue ahí cuando la idea de escribir un libro de realismo fantástico dejó de ser un capricho y empezó a tomar forma. La inspiración principal era —y sigue siendo— mi país: un territorio con una riqueza cultural enorme, moldeada tanto por tradiciones genuinas como por creencias sutilmente impuestas generación tras generación por líderes políticos, que sin proponérselo, ese proceso dio lugar a una de las identidades culturales más diversas del mundo.
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A esa base se sumaron otras influencias. Y es que de niño quedé huérfano y heredé una biblioteca nutrida que mis padres habían reunido casi por estética, pero que terminó siendo formativa. Crecí leyendo historia, novelas clásicas y, más adelante, anime, manga y explorando el sintoísmo japonés. Mi red social de ocio fue durante años Wikipedia, y así llegué —en su versión en inglés— al Kalevala, curiosamente después de ver Frozen. Lo que tiene que ver… es otra historia.
El punto es que todo volvió a alinearse.
Me obsesionó la idea de crear una especie de Kalevala contemporáneo para mi país: un relato identitario que recopilara nuestro folclore no desde lo místico inexplicable, sino desde lo cotidiano, tangible y actual. Algo de lo que pudiéramos sentirnos orgullosos sin negar la diversidad ni imponer una visión única, especialmente desde regiones donde el sentido de identidad es distinto al discurso centralizado.
Con los años, había recorrido ya los más de treinta estados del país un par de veces, además de innumerables ciudades, pueblos y regiones. El siguiente paso fue inevitable: salir al mundo. Y, una vez más, los acontecimientos y las personas se alinearon para alimentar esa hambre de cultura y conocimiento.
Así comenzó mi etapa de trotamundos…
pero esa historia, por ahora, quedará para una segunda parte.
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