Sexta parte

Aterrorizado por todo y por nada a la vez, intenté mantenerme alerta en aquella oscuridad absoluta. No había luz sobre el río, no había forma de saber si el nivel del agua estaba subiendo, no existía escapatoria dentro de la grieta si la corriente alcanzaba la altura del recoveco. Aun así, me aterraba más la idea de permanecer afuera de aquella pequeña caverna.

El sueño terminó por vencerme. Dormía en cápsulas de horas, despertando constantemente para comprobar que no escuchara agua acercándose por encima de la repisa. Y soñaba. Soñaba, aun cuando para mí siempre ha sido extraño recordar sueños.

En ellos, alguien descendía de la montaña y me exigía dinero para rescatarme. Una vez afuera, me pedía más dinero para ir por mi prometida. Mi mayor terror no era la muerte, sino no tener suficiente dinero para pagar su rescate.

Finalmente amaneció. A partir de ahí, las horas se convirtieron en un bucle del primer día. Así transcurrieron un par de días más. Por las noches gritaba ocasionalmente pidiendo ayuda, especialmente cuando percibía que la lluvia disminuía. Los sueños continuaban, ahora con helicópteros, y mis miedos autoprotectores se centraban, absurdamente, en si podría pagar el costo del vuelo.

Cada día me sentía más enfermo. Vomitaba con frecuencia y lo único que ingería era el agua que escurría por la pared del cañón. Hasta que, al tercer día, la lluvia finalmente comenzó a reducirse. Entonces sentí algo que había olvidado: esperanza. Tal vez el nivel del agua bajaría lo suficiente al día siguiente.

Recordé lo que habían comentado los guías: si no salíamos del cañón en el punto previsto, delante del Arco del Tiempo, tendríamos que navegar al menos tres días más hasta llegar a una laguna de cocodrilos. Aun así, lo habían descrito como algo lograble… claro, contemplado por guías expertos, con trajes de neopreno y balsas. Nada de eso tenía yo.

Aun así, pensé que aumentaban las probabilidades de que el resto del grupo —los que no habían sido arrastrados por la corriente— pasaran frente a mí. Tal vez podrían prestarme un short. Luego iríamos a buscar a mi prometida.

Más tarde, ese mismo tercer día, volví a resguardarme para descansar. Minutos después, vi la luz del sol reflejarse sobre la repisa. Salí a disfrutarla. El ruido ensordecedor de la lluvia había disminuido notablemente, y con ello mis esperanzas crecieron. Decidí regresar a descansar, esperando que al día siguiente el río finalmente fuera navegable.

Pero apenas comenzaba a escalar la grieta cuando escuché un sonido distinto. Pensé que se trataba de un nuevo chubasco que aplastaría mis ilusiones, así que regresé para confirmar de qué se trataba.

Ahí estaba.

Como salido de un sueño.

No podía creer que semejante aparato cupiera en un cañón tan estrecho. Me parecía un milagro que las aspas no chocaran contra las paredes. Era el helicóptero de mis sueños, suspendido a unos veinte metros por encima de mí.

Me quité la camiseta y comencé a agitarla desesperadamente. Una persona desde la cabina de pasajeros me respondió con señas y el helicóptero comenzó a descender. Bajó hasta la altura de la repisa. Subí con un salto cuidadoso, procurando no interferir con el vuelo del aparato, aunque ni el piloto ni la máquina parecían inmutarse. Me sujeté de la pata del helicóptero y con ayuda de la persona en la cabina logré subir.

Quien me asistió me miró con más lástima que alivio. Extrañamente, eso me tranquilizó. Usé mi camiseta para cubrir mis partes íntimas mientras el helicóptero comenzaba a elevarse con extrema cautela. La tensión se negó a abandonarme hasta que finalmente aterrizamos en un helipuerto.

Quise quedarme ahí, pero no me lo permitieron.

Al menos pude comer algo —aunque le quité su lonche al rescatista— y me regaló un short. Después me trasladaron a un estadio cercano a las oficinas del gobierno del estado, desde donde me llevaron a rendir declaración ante el Procurador.

Ahí, sin fuerzas para sostener nada más, aproveché para desahogarme.
Y lloré.
Lloré como no lo había hecho nunca.


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